miércoles, 11 de marzo de 2009

La limosna




Iban tres doncellas camino de la feria, donde valioso premio había de adjudicarse a la hermosa que manos más lindas mostrase.

Una de ellas llegóse a un bosquecillo de nardos silvestres, cuyas nacaradas corolas dejábase robar por brisas y aves la fragante esencia; y fue tocando, una a una, las perfumadas flores, que dejaban en sus delicadas manos, de los pétalos la nieve, y de los cálices las jugosas esencias.

Tropezó la otra con el hilo de plata de un arroyuelo que bullente corría lavando guijas de oro y alfombras de violetas. En las aguas cristalinas y embalsamadas bañó sus manos bellas, que de allí salieron aun más preciosas.

Tímida y modesta la tercera, vacilaba en pedir, como sus rivales, aflores y fuentes el secreto de la belleza, cuando le salió al paso andrajoso mendigo que imploró de ella “una limosna por amor de Dios”.

Sacó la casta niña de su escarcela una moneda y dióla al mendigo, quien recibiéndola besó la mano bienhechora, dejando caer en ella una lágrima.

Aquella lágrima se cuajó en perla; la perla se desparramó en iris, y el iris esmaltó de luces celestiales la mano de la hermosa.

Ni la que se ungió con la esencia de los nardos silvestres, ni la que se lavó en la fuente de las guijas de oro, alcanzaron la rica diadema ofrecida en la feria a la más pura y bella mano.

Por sobre todas ellas brillo con hermosura singular, la que había embellecido y purificado la lágrima del pobre.

N. Bolet y Peraza.
(Venezolano)

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